Bolivia desde la óptica de Tamayo y Arguedas
Recopilado y compilado por Alvaro I. Martinez Murillo
Por qué leer a Tamayo y Arguedas? Para acercarnos a dos visiones, Tamayo muestra una visión y futuro del país donde está concentrada en la identidad indígena por su fuerza telurica y mestiza imponiéndose sobre las minorías privilegiadas de antaño; Arguedas muestra lo terrible que somos los mestizos e indígenas porque indica que tenemos los peores defectos de los blancos e indígenas como herencia que determina el futuro de las siguientes generaciones.
“El alma de estos montes se hace hombre y piensa” .
(Tamayo)
“ La pampa y el indio no forman sino una sola entidad ” .
(Arguedas)
Tamayo habla de una construcción de las identidades se constituyen relacionalmente y en la lucha. Esto lo lleva a componer un indio ideal, puro y exterior respecto de la Modernidad eurocentrada, soslayando tanto el fenómeno de transculturación que tan bien analizó Ortiz (1983), como la profunda co-implicación que a partir de la Conquista hundiría al conquistador y al conquistado, según el exquisito análisis de Eduardo Grüner (2010). Planteó subrepticiamente, un componente racista en los términos en que este se desplegó en la Modernidad. No solo porque habla en nombre del indio, sino también, y sobre todo, porque termina perpetuando en el lugar en que la lógica del racismo moderno lo colocó: como mano de obra, esto es, como productor de un plusvalor que no recibe, porque este es apropiado por aquellos que no lo crean: los capitalistas (Wallerstein, 1988; Marx, 1995). Así, el indio es considerado “el obrero ideal para ciertos trabajos rutinarios en las artes y oficios” (Tamayo, 2010, p. 116).
La inteligencia no es la facultad eminente y dominadora del indio. En vano se buscará en la raza los matices típicos de una inteligencia superior, como la que se encuentra en otras estirpes. Ni el ingenio ni la sutileza helénica, ni la claridad y brillantez gálicas, ni la fecundidad y facundia italianas, ni la profundidad española, ni la solidez británica, nada de ello existe de manera sobresaliente y típica en el pensamiento indio (Tamayo, 2010, p. 95)
Si acordamos que el debate entre Arguedas y Tamayo gira en torno de los atributos humanos que el indio (indigena) poseería o de los cuales carecería, podríamos decir que se trata de una suerte de reedición criolla de aquel otro protagonizado cuatrocientos años antes por los españoles Bartolomé de Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. Tal como sucedió en la “Disputa de Valladolid”, ambos autores se arrogan el derecho de hablar y escribir en nombre del indio (Indigena), colocándolo en una posición de “minoría de edad”. Aunque a primera vista pareciese que Arguedas y Tamayo manejan perspectivas un el trabajo manual.
Arguedas: El indio (indigena, originario, campesino) va a ser definido del siguiente modo: “De regular estatura, quizás más alto que bajo, de color cobrizo pronunciado, de greña áspera y larga, de ojos de mirar esquivo y huraño, labios gruesos, el conjunto de su rostro, en general, es poco atrayente y no acusa ni inteligencia ni bondad, Su carácter tiene la dureza y la aridez del yelmo. También sus contrastes, porque es duro, rencoroso, egoísta, cruel, vengativo o desconfiado cuando odia. Sumiso y afectuoso cuando ama Bailar, beber, y tener intimidad es su única satisfacción a pesar que económicamente pueden ser mayores a criollos o clases privilegiadas; no conoce otras formas de satisfacción solo copia y hace alarde de lo copiado. En su casa huelga la miseria absoluta, el abandono completo a pesar de que su economía esta sea mayor por el factor de la tierra a comparación de sus superiores socialmente de tal entonces. En la casa del indio no hay nada sino suciedad (Arguedas, 1996, p. 36).
El Arguedas de Pisagua es el mismo en las páginas de su diario íntimo. Tamayo a los veinte es el mismo luchador de los ochenta: viendo siempre la forma de mejorar Bolivia, de buscar una convivencia civilizada, de alcanzar bienestar para sus connacionales.
Hombres estudiosos, Arguedas y Tamayo, retraídos ambos, el estrecho medio social, la mediocridad cultural del ambiente patrio, los fueron haciendo cada vez más huraños y solitarios. Arguedas durante cuarenta y seis años, o sea, durante toda su vida adulta, con paciencia lindante en la neurosis, escribe diariamente pasajes de intimidad, relata aconteceres políticos, divaga en torno a sus angustias y preocupaciones patrióticas en las cuales involucra a toda Hispanoamérica; se enfurece, odia, ama, todo ello en permanente diálogo con su atormentado mundo interior. Tamayo es altivo, soberbio y misántropo. Su vida discurrió en La Paz, en una casona de la calle Loayza, rodeado de una familia, de puertas adentro, en medio de una estupenda biblioteca, y donde no faltaban la mugre y la explotación, connaturales al drama socio-pedagógico que él trataba de explicarse y sobre el cual dictaría cátedra a sus compatriotas. Ninguno de ellos tuvo amigos cercanos en Bolivia, salvo el caso de Juan Francisco Bedregal, personaje jocundo, inteligente y extravertido, amigo verdadero de Arguedas, pese a poseer una personalidad antagónica a él. Los maestros Arguedas y Tamayo hablaron siempre encaramados en el solio y fustigaron en tono altanero a los bolivianos, diciéndoles una y otra vez, sin ambages, que eran ociosos, malévolos o ignorantes. El lenguaje revela, que cada cual, por su lado, está convencido de hallarse en posesión de la verdad.
Hay, en muchos de los escritos de Arguedas, un alarde de humildad al hablar reiteradamente de su poquedad, de sus frustraciones, de sus sufrimientos, de la incomprensión de sus conciudadanos, pero esa original humildad se resuelve en soberbia y megalomanía. Y en la grandeza de Tamayo hay soberbia, megalomanía, desdén olímpico.
Tanto Pueblo Enfermo y Raza de Bronce como la Creación de una Pedagogía Nacional son un ejemplo de las afirmaciones antes expuestas. Ambos autores intentan erradicar falsas imágenes sobre el indio-campesino a fin de distender los miedos interiorizados de la mancomunidad criollomestiza. Pero no significaba abandonar sus presunciones respecto a la naturalidad de la diferencia cultural y social. La determinación del cambio histórico y la relación entre carácter cultural y medio ambiente. Pueblo Enfermo fue publicado en 1909 y Pedagogía Nacional en 1910, es decir, los dos textos no fueron editados en el mismo momento de efervescencia de las rebeliones indígenas e invasiones de tierras como sucedió en las décadas de 1880 y 1890, sino en un periodo en que aún se respiraban las consecuencias que tuvo para los indios la guerra de 1899 y su alianza con el Partido Liberal.
Para Tamayo hay que estudiar el alma de nuestra raza, que es trabajo de verdadera creación, a partir de tratar (de crear el carácter nacional que seguramente es en todo; diferente al europeo y anglista de entonces).
Posterior a estos dos autores Reibaga mensionar : El indio es el cuerpo y el alma de la nación, el corazón y el espíritu, el plasma elemental y la chispa ígnea de la vida del ser andino; por tanto en el indio es en quien fulgura la quintaesencia del nacionalismo; el indio es el único nacionalista; fuera del indio sólo hay aberraciones (Reinaga, 2010, p. 117).
De Reinaga es un discurso de izquierda que interesa no solo por haber sido y por seguir siendo - tan influyente en la escena política del país andino, sino también porque tiene la ventaja de partir de la idea de que la Bolivia en la que él reflexionaba y actuaba es una sociedad colonial, y por tanto, que los sujetos que la habitan son tan coloniales como la sociedad de la que son parte. Sin embargo, por momentos pareciese olvidar el carácter relacional que es propio de todo proceso de constitución de sujetos e identidades. Vale decir, en muchos pasajes, al postular un proyecto de regreso al Tawantinsuyu y sus preceptos incaicos del “ama llulla, ama súa, ama khella” (no mentir, no robar, no ser flojo), termina adscribiendo a una idea de un pasado quieto, estático y arcaico, donde habría vivido un indio puro e ideal, originariamente incontaminado, que luego sería completamente corrompido por la Modernidad. Su ideal de emancipación, aunque admite todo lo que significó en términos negativos para el indio la conquista de América por los europeos, se encuentra habitado por la negación de la profunda e irremediable co-implicación que significó dicho acontecimiento, el cual cambiaría para siempre a los sujetos y a las sociedades que se enfrentaron en 1492. En el fondo, el discurso indianista opera desde un punto de vista moral en tanto construye dos polos exteriores, uno de signo positivo —el indio—, y otro de signo negativo —la Modernidad—, en el que la relación entre ambos solo se produce cuando el segundo “contamina” al primero, que sería originariamente incontaminado. En definitiva, el indianismo acaba construyendo un sujeto indio ontológicamente inmaculado. Paradójicamente, esta postura ideológico-política es más tributaria del pensamiento eurocéntrico de lo que ella estaría dispuesta a admitir, en tanto, al igual que este, niega cuan co-implicado se encuentra con el “otro”: mientras el eurocentrismo no reconoce la profunda e irremediable implicación con el sujeto dominado, el indianismo hace lo propio con el conquistador. En suma, ambos consolidan una idea de identidad cultural como esencialismo y no como relación, adhiriendo a la idea de un Sujeto-Pleno que desecha toda posibilidad de reconocerse como sujeto fracturado.
La palabra aymara q´ara “se asocia no solo con la calidad de ‘pelado’ o carente de bienes culturale. Con todo, constituye un elemental acto de justicia mencionar el discurso de Reinaga. A pesar de que a primera vista el indianismo reinaguista pareciese ser un racismo invertido, siguiendo nuestro enfoque diremos que se trata más de un desprecio por el q´araque de un discurso racista, en tanto su discriminación no está puesta en función de someter al otro con el objeto de ponerlo a producir y así perpetuar una relación de dominación. En tal sentido, la intención de Reinaga es clara: exterminar a los q´aras para que Bolivia sea una, la Bolivia india.
Al igual que Tamayo, proclama la necesidad de ¡Crear hombres!. Propone Arguedas cambiar el sistema para elegir diplomáticos, formar una bolsa de estudios en el exterior y otras cosas del mismo estilo. Tamayo, el gran republicano, impotente para frenar los excesos de la tiranía sólo con armas civiles, viene a proponer “La ley Capital”, curioso documento de un alma exaltada y en el cual quiere instaurar, mediante ley que debe ser promulgada por el jefe de la oposición, el tiranicidio.
A veces se advierte en Tamayo la esperanza recóndita de restaurar un imperio indio, con sus amautas, sus ayllus y sus ñustas. Hermosas utopías. Tamayo prédica, además una serie de virtudes que habría que enseñar a las masas bolivianas, tales como el orgullo personal, el dominio de sí mismo, la audacia sabia y la osadía inteligente.
Pero la ideología de latifundistas y de hombres salidos de una clase explotadora, restringe la extensión de sus observaciones. Ninguno de ellos, pese a lo avanzado de sus conocimientos y a la fecundidad de sus lecturas, se preocupó de analizar la estructura socioeconómica del indio boliviano, determinante casi exclusiva de todos los defectos que ellos encontraron.
Tamayo y Arguedas tuvieron una visión limitada de Bolivia. Ninguno de ellos tuvo la intuición y el optimismo de Jaime Mendoza, aquel chuquisaqueño insigne que comprendió con claridad la gravitación de nuestro país sobre los tres ejes vitales del continente:
"El Pacífico, el Amazonas y el Plata".
Para aquéllos, al contrario, Bolivia, estaba recluida entre las cuatro paredes de los Andes. Dedicaron lo mejor de su esfuerzo intelectual, se devanaron los sesos por la gravedad del problema indio, sin comprender que ese problema puede desaparecer con la integración, ya en marcha, del oriente boliviano. Kollas, a la vieja usanza, ninguno de ellos se aventuró en espiar al otro lado de la cordillera y contemplar otro paisaje que los hubiera desviado de la utopía hacia un realismo optimista.
Es posible ver que entre Arguedas y Tamayo, existió alguna suerte de envidia que se fue incubando poco a poco, se exacerbó luego, con el correr de los años cobró virulencia. Desarrollando esta teoría de la envidia, tendríamos que ella se habría originado en el triunfo literario de Arguedas, tanto en Bolivia, como en el exterior, mientras que un silencio ofensivo o un comentario vulgar rodeaba la publicación de los libros de Tamayo.
Recopilado y compilado por Alvaro I. Martinez Murillo
Referencia
MARTA IRUROZQUI VICTORIANO.
JOSE LUIS ROCA, BOLIVIA EN ARGUEDAS Y TAMAYO. UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO COORDINACIÓN DE HUMANIDADES CENTRO DE ESTUDIOS LATINOAMERICANOS
ERWIN P. GRIESHABER, "RESISTENCIA INDÍGENA A LA VENTA DE TIERRAS COMUNALES EN EL DEPARTAMENTO DE LA PAZ". DATA, NN" 1, LA PAZ, ZNDEA, 1991, PÁG. 13
DIEGO MARTÍN GILLER (2014).LA CUESTIÓN ÉTNICA EN DISPUTA. TRES INTERPRETACIONES SOBRE LO INDIO EN BOLIVIA.
ARGUEDAS, A. (1996). PUEBLO ENFERMO. LA PAZ: LIBRERÍA EDITORIAL AMÉRICA.
ARGUEDAS, A. (2005). RAZA DE BRONCE. LA PAZ: LIBRERÍA EDITORIAL AMÉRICA.
BALIBAR, E. Y WALLERSTEIN, I. (1988). RAZA, NACIÓN Y CLASE. MADRID: IEPALA.
DERRIDA, J. (2002). ESPECTROS DE MARX. EL ESTADO DE LA DEUDA, EL TRABAJO DEL DUELO Y LA NUEVA INTERNACIONAL. MADRID: EDITORA NACIONAL.
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